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  Enero
 


Los dientes del Sultán

En un país muy lejano, al oriente del gran desierto vivía un viejo Sultán, dueño de una inmensa fortuna.
El Sultán era un hombre muy temperamental además de supersticioso. Una noche soñó que había perdido todos los dientes. Inmediatamente después de despertar, mandó llamar a uno de los sabios de su corte para pedirle urgentemente que interpretase su sueño. 

- ¡Qué desgracia mi Señor! - exclamó el Sabio - Cada diente caído representa la pérdida de un pariente de Vuestra Majestad.

- ¡Qué insolencia! - gritó el Sultán enfurecido - ¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí!

Llamó a su guardia y ordenó que le dieran cien latigazos, por ser un pájaro de mal agüero. Más tarde, ordenó que le trajesen a otro Sabio y le contó lo que había soñado. Este, después de escuchar al Sultán con atención, le dijo:

- ¡Excelso Señor! Gran felicidad os ha sido reservada. El sueño significa que vuestra merced tendrá una larga vida y sobrevivirás a todos sus parientes.

Se iluminó el semblante del Sultán con una gran sonrisa y ordenó que le dieran cien monedas de oro. Cuando éste salía del Palacio, uno de los consejeros reales le dijo admirado:

- ¡No es posible! La interpretación que habéis hecho de los sueños del Sultán es la misma que la del primer Sabio. No entiendo por qué al primero le castigó con cien azotes, mientras que a vos con cien monedas de oro.

- Recuerda bien amigo mío --respondió el segundo Sabio-- que todo depende de la forma en que se dicen las cosas... La verdad puede compararse con una piedra preciosa. Si la lanzamos contra el rostro de alguien, puede herir, pero si la enchapamos en un delicado embalaje y la ofrecemos con ternura, ciertamente será aceptada con agrado...

- No olvides mi querido amigo --continuó el sabio-- que puedes comunicar una misma verdad de dos formas: la pesimista que sólo recalcará el lado negativo de esa verdad; o el optimista, que sabrá encontrarle siempre el lado positivo a la misma verdad".


Me lo haces a mí

Una joven estudiante, relata una experiencia que ella tuvo en unas de sus clases, dada por su profesor.

A este hombre lo conocían por sus lecciones objetivas. Un día particular, ella llegó a sus clases y sabía que iba a ser un día de diversión. La pared estaba cubierta de afiches blancos, y en una mesa próxima habia muchos dardos. El profesor les dijo a los estudiantes que dibujaran la imágen de una persona que no les gustara, o de alguien que los haya puesto furiosos, y él les dejaría tirar los dardos a esa imagen.

Una joven hizo un dibujo de una muchacha que le había robado a su novio. Otra amiga dibujó a su hermanito y ella dibujó un amigo anterior, poniendo muchos detalle en su dibujo y finalmente estuvo satisfecha con el efecto que ella había alcanzado. Luego se alineó en la fila para tirar los dardos.

Algunos de los estudiantes lanzaron sus dardos con tal fuerza que los afiches fueron rasgados. Ella miraba para delante en espera de su turno, y entonces se lleno de decepción cuando el profesor, debido a límites de tiempo, pidió que los estudiantes volvieran a sus asientos.

Cuando se sentó con el pensamiento de que estaba muy enojada porque ella no tuvo una ocasión de lanzar ningún dardo a su blanco. El profesor comenzó a quitar los afiches de la pared. 
Por debajo de los afiches se encontraba una foto de Jesús. Un silencio cayó sobre el cuarto mientras que cada estudiante vio el desmantelado rostro de Jesús; los agujeros y las marcas dentadas cubrieron su cara, y sus ojos fueron perforados.

El profesor dijo solamente estas palabras... 

" Si a uno de tus semejantes les haces un daño , Me lo haces a mí. " 
Mateo 25:40."

No había necesidad de otras palabras; los estudiantes se centraban muy tristes en el cuadro de Cristo.




Las Tempestades

Cuentan que un día un campesino le pidió a Dios le permitiera mandar sobre la Naturaleza para que –según él – le rindieran mejor sus cosechas. ¡Y Dios se lo concedió!
Entonces cuando el campesino quería lluvia ligera, así sucedía; cuando pedía sol, éste brillaba en su esplendor; si necesitaba más agua, llovía más regularmente; etc.
Pero cuando llegó el tiempo de la cosecha, su sorpresa y estupor fueron grandes porque resultó un total fracaso. Desconcertado y medio molesto le preguntó a Dios por qué salió así la cosa, si él había puesto los climas que creyó convenientes.
Pero Dios le contestó –“Tú pediste lo que quisiste, más no lo que de verdad convenía. Nunca pediste tormentas, y éstas son muy necesarias para limpiar la siembra, ahuyentar aves y animales que la consuman, y purificarla de plagas que la destruyan ...”-
Así nos pasa: queremos que nuestra vida sea puro amor y dulzura, nada de problemas.
El optimista no es aquel que no ve las dificultades, sino aquel que no se asusta ante ellas, no se echa para atrás. Por eso podemos afirmar que las dificultades son ventajas, las dificultades maduran a las personas, las hacen crecer.
Por eso hace falta una verdadera tormenta en la vida de una persona, para hacerla comprender cuánto se ha preocupado por tonterías o por chubascos pasajeros.

LO IMPORTANTE NO ES HUIR DE LAS TORMENTAS SINO TENER FE Y CONFIANZA EN QUE PRONTO PASARÁN Y NOS DEJARÁN ALGO BUENO EN NUESTRAS VIDAS.

¡ QUE SEPAMOS ACEPTAR LAS DIFICULTADES CON EL CORAJE QUE VIENE DE DIOS!

 
   
 
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